En el Restaurante
Si existe un evento social que se utiliza como excusa para vernos, disfrutarnos o aguantarnos, es el que se realiza en torno al comer y si éste se realiza en un restaurante pues mejor que mejor, sobre todo para la persona que ese día ni prepara, ni friega, ni arriesga.
Dependiendo con quién asistamos a estos templos gastronómicos la primera encrucijada que se nos presenta es ver al lado de quién me siento. No me engañéis diciendo que esto nunca os ha pasado, sabéis perfectamente que el mejor plato del mundo al lado del insoportable de turno es una de las mayores desgracias culinarias a las que podemos vernos sometidos y viceversa.
Y que me decís de algunos niños jodones que se dedican a dar voces, llorar y correr por los laterales de la mesas consentidos por los despreocupados padres y poniendo a prueba la paciencia de los comensales y el equilibrio de los resignados camareros.
En el restaurante siempre nos gusta la parte de sorpresa que encierran las cartas de menús, y que abrimos con la duda de si nos echaremos a temblar dependiendo si la lista de platos supera la centena, si es comida de otras latitudes y si además somos de los que nos tiramos diez minutos en decidir si vamos de carne o de pescado. Al final nos decidimos y apostamos por algo nuevo y exótico y no salimos de nuestra duda sobre si hemos acertado o no hasta que el camarero formula las palabras mágicas con el plato en la mano:
-¿quién pidió tabulé hojaldrado con virutas de tofu y volován de puré de castañas con matices de jengibre?
Y tan pronto como el plato se deposita ante tu mirada sabes perfectamente si has acertado o nuevamente has vuelto a meter la pata. Creo que por eso se inventó lo del: “…y si pedimos varios platos y así los probamos todos” para asegurar que al menos alguno de ellos será de nuestro agrado.
Encontrar el maridaje perfecto entre lo que se come y se bebe también tiene su puntito y ese momento de gloria que tenemos cuando nos preguntan: ¿quién probará el vino? Y allá que nos lanzamos cual sommelier más avezado en un concurso de la nariz de oro y espetas un: ¡está muy bien!, con una cara convincente no siendo que descubran al menos dos cosas: que no tienes ni puta idea de vinos y que éste en concreto es la primera vez que lo pruebo y dudo si los matices en el retrogusto son de fresno o de abedul.
Pero mi momento de gloria llega con los postres, sobre todo si hay arroz con leche casero y rico. Ahí reconozco que pierdo los papeles y brindo por quién inventó tan apoteósica fusión que pone broche de oro a cualquier comida o cena que se precie. Entonces me aíslo en mi paladar, me da igual quién esté sentado a mi diestra y siniestra, los niños jodones se vuelven querubines y yo estoy un poquito más cerca de la felicidad.
Toño Villalón.
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