EL PATIO DEL COLEGIO
Hagan ustedes la prueba y observen las expresiones de aquellos viandantes que pasan junto al patio de un colegio. Es inevitable esbozar una sonrisa ¿verdad?, en algunos casos ésta será leve pero este es el gesto que nos provocan los cachorros, sean de la especie que sean. Provocan ternura ante la vulnerabilidad de sus cortas vidas, risa ante sus torpes movimientos, benevolencia ante su derroche de vitalidad, paciencia ante la repetitividad de sus acciones, añoranza del niño o niña que todos fuimos algún día y pena de haber perdido progresivamente aquella condición entre el difícil camino de la vida, la mutación morfología de nuestro cuerpo y las limitaciones de nuestra mente.
Ver el patio del colegio es un microcosmos que plasma en pequeña escala la sociedad que mora tras las vallas o verjas que acotan dicho espacio. Si hacemos un pequeño esfuerzo de observación veremos a los líderes que son los que llevan la voz cantante del juego, veremos a los que no discuten a los líderes y simplemente juegan sin discutir las normas o cuestionar las reglas. Veremos a grupos que en definitiva empiezan a comprender las bondades del trabajo en equipo. Veremos también “autistas” que se aíslan y marginan pero que son felices en su mundo de fantasía, veremos también gestos de aburrimiento y soledad que sólo cambiarán en el momento en el que suene el timbre que anuncia la llegada de sus progenitores. Siempre hay alguien que está subido en algún lugar más o menos peligroso si los vemos con los mismos ojos de los intrépidos infantes. También los hay que comienzan a flirtear con la tiranía de las marcas en sus ropas y calzados -salvo que el uniforme sea condición sine quanum para formar parte de dicha microsociedad -lo que supone a edades tempranas asumir si puedes tener las zapatillas X o el chándal Y, con las consiguientes negociaciones, chantajes emocionales y no pocos llantos ante quien tiene el poder y el dinero. Veremos a niños valientes o retraídos, alegres o con gestos de seriedad que descolocan a los adultos que los observan y que ya no recuerdan que las “pajas mentales” de los niños son sus mayores problemas y fantasmas. Es el precio que hay que pagar por mantener indemne la capacidad de imaginar.
También vemos a los maestros encargados del patio. Representan al poder establecido, a la agencia tributaria que limita o motiva las cotizaciones del juego, los rendimientos netos de sus prácticas deportivas y la base imponible de galletas y bocadillos. Tienen algo de policías, de padres, de jueces, de vigilantes jurados, de diplomáticos, de ángeles de la guardia, y de intrusos a los ojos de quienes los observan y son ajenos a la responsabilidad de sus acciones y a lo estático de sus presencias.
Pero lo que más me impresiona es pensar que estamos ante un espacio acotado de proyectos vitales, un mercado de futuros, el comienzo de un proceso que terminará sujeto a múltiples variables incluida la lotería. Un sorteo que decide aleatoriamente quién será el ecologista que defienda la sostenibilidad de nuestro planeta, el político que represente o se corrompa, el electricista que arregle e instale los cuadros eléctricos que aún no han sido inventados, el científico que manipule nuestras células para curar enfermedades que hoy son una utopía, el policía que vigila la seguridad de los ciudadanos o el delincuente que siga dando trabajo y malos turnos al policía.
Me gustaría pensar que ese proceso que ahora empiezan es un camino de crecimiento y riqueza, que prepara para los contenidos pero también para el continente que es la vida con sus grandezas y sus debilidades. Pero sobre todo que contribuya a formar personas con valores compartidos, que no cercene el mayor activo que poseen que es la creatividad y la imaginación y que hagamos verdaderos esfuerzos entre todos los agentes educativos de no contaminar su mundo con las miserias del nuestro. Y después de esperar y desear todo esto, miraré hacia arriba y pensaré:... que sea lo que Dios quiera.
Toño Villalón.
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