UNA DE BANCOS
Soy de los que se ponen enfermos viendo en los telediarios los beneficios record que alcanzan los grandes bancos mes a mes y año tras año, pues siempre pienso que esos beneficios se alcanzan a costa de las comisiones que nos cargan a los más pringaos, a los que menos tenemos y a los que más necesitamos rentabilizar nuestra maltrecha microeconomía para llegar a fin de mes. Por eso todo lo que proviene de los bancos me repele: las puñeteras vajillas de regalo por meter euritos frescos a un año, los planes de pensiones, los préstamos personales que no serán tan personales cuando se los dan a cualquiera que esté dispuesto a pagar pasta gansa en intereses, y las malditas hipotecas y los euribor, y los TAE y la madre que los parió.
Por eso me hace tanta gracia cada vez que me paro a pensar como conocí a Olga. Fue en un banco a las seis de la tarde y no precisamente en un banco de un parque ni nada de eso, no no, fue en un banco y bien digo, a las seis de la tarde de finales del mes de mayo. La tarde era preciosa y Olga y yo habíamos quedado para realizar una operación financiera. Yo estaba nervioso pues no la conocía en persona aunque sí había hablado con ella una vez por teléfono. Siempre me pasa lo mismo cuando estoy apunto de conocer gente, bueno ya se sabe: ¿caeré bien?, ¿gustaré?, ¿agradaré?, preparo el saludo y dudo si estrecho la mano o doy dos besos, o espero a ver cómo saluda ella, bueno pues esas tonterías que se nos pasan por la cabeza cuando estamos nerviosos. Miro los carteles que hay en la sucursal bancaria y me sorprenden pues son de aquellos carteles que te tocan la fibra, que apelan a la generosidad, que destinan el 0.7% de los beneficios a proyectos de desarrollo y que en todos hay una bonita foto, ganadora de concursos en algunos casos, que sacan tu cara más amable. Enseguida pensé en los buenos publicistas que trabajan para los bancos y que hacen parecer a éstos más humanos y sensibilizados con los problemas de los más necesitados, cuando en verdad, son los más piratas y vampiros de esta sociedad, y al más puro estilo James Bond: con licencia para robar, vía comisiones e intereses.
Seguía en pie y dando pequeños paseos de un lado a otro y me acordaba del consejo que un día me dio mi abuelo cuando era un crío y que se me quedó grabado una mañana que le acompañaba a hacer gestiones por la ciudad; me dijo al salir de uno de estos establecimientos financieros: “nunca le des las gracias a un banquero, es como darle las gracias a alguien que te está robando”
También me sorprendió gratamente la actitud del personal que trabajaba en este banco. No era nada convencional y me llamó la atención que los dos empleados, un chico y una chica, que estaban sentados en la misma mesa, tenían un aspecto cercano, de aquellos que visten sin parecer que van a una fiesta. El chico vestía unos vaqueros, una camiseta de manga corta sobre otra de manga larga con un mensaje tranquilizador cuanto menos: un símbolo chino sobre el que se leía la palabra serenidad. Una colección de pulseras multicolores y un collar con un cordón y una piedrecita circular que seguro habrá traído de algún viaje de fin de curso. Por lo que respecta a la chica, vestía vaquero y una bonita blusa blanca. Su collar era un cordón negro y una espiral plateada y una sola pulsera muy fina y de cuero. Los dos eran insultantemente jóvenes y muy amables, pero sin que esta amabilidad sea corporativa. Hay cosas que se perciben como naturales, sin más.
En la mesa tenían un único ordenador, desde el cual se oía, en un volumen muy moderado la música de Javier Ruibal, lo cual me llamó la atención pues yo soy Ruibalero por los cuatro costados y enseguida pensé que allí había truco: gente informal, carteles que te hacen pensar, un estilo desenfadado, una música tan genial como poco comercial y tampoco había cristales ni cámaras de seguridad….esto no es posible. Y yo seguía esperando a Olga. No es que ella llegara tarde, sino que yo siempre llego antes a los sitios y esto me hace familiarizarme con el entorno de la quedada.
Los chicos de la sucursal me dijeron que si quería podía utilizar la máquina de café en lo que esperaba, y así lo hice: café con leche, azúcar, vasito de plástico y cucharilla de palo. El café, según pude leer en la máquina, era de comercio justo, lo cual me gustó pues soy de la opinión que siempre que te faciliten su uso es bueno para todos y cincuenta céntimos de euro me pareció justo y razonablemente asequible. Fue darle dos sorbos al café, que estaba bastante caliente, y enseguida entró una mujer. De estatura baja y de cara aproximadamente feliz, con el pelo corto y moreno y una gafas de pasta cuadradas y de color azules, vestía vaquero y una camiseta verde de manga corta. Su edad rondaría los treinta y ocho años. Enseguida supe que ella era Olga. Los chicos de la sucursal le dijeron que yo era el cliente que la esperaba. Ella vino hacia mí y lo primero que hizo fue reírse en mi cara, suavemente, pero reírse. Sin lugar a duda mis berretes de comercio justo alrededor de mis labios era la escena que yo menos deseaba en ese momento. Sin embargo ella, con una naturalidad pasmosa, me dijo: encantada de conocerte al mismo tiempo que sonreía y se acercaba para darme dos besos y estrechar al unísono nuestras manos derechas. Me dijo lo de los labios con espuma cafetera y me ofreció un pañuelo de papel que acepté gustosamente.
Los dos sabíamos cual era nuestra misión en las próximas dos horas: saldríamos del banco y nos iríamos a mi casa a hacer croquetas y en las dos siguientes iríamos a su casa para que me enseñara a manejar el photoshop. Ese era el acuerdo al que nos comprometimos en el banco.
El destino nos llevó a una gran amistad que hoy perdura y de las croquetas pasamos a las empanadillas, a las berenjenas rellenas, a la tortilla de patata y hasta un cocido completo. Olga no tenía ni idea de cocina pero tenía muy buena disposición para aprender y yo apenas manejaba el ordenador y ella era un pozo sin fondo de conocimientos informáticos. Las croquetas quedaron de maravilla y ella se quedó asombrada de que aquella empresa no fuese tan complicada. Yo el día antes había hecho otra masa para no tener que esperar a que ésta se enfriase y que el proceso fuera más rápido. Metimos en un táper el sabroso resultado de las dos horas y nos fuimos a su casa, que casualmente estaba muy cercana de la mía, y allí nos comimos las croquetas, acompañadas con una botella de vino tinto, después de la clase de foto-shop. En este homenaje gastronómico se unió David, el compañero sentimental de Olga que nos preparó unos ricos canapés de queso y patés. Fue una buena tarde y el comienzo de una gran amistad, que surgió gracias a que ambos sabíamos de algo y estábamos dispuestos a compartir éste conocimiento, y por su puesto, gracias a la entidad bancaria que hizo de mediadora. Pronto irá abriendo más sucursales e irás oyendo hablar de ella. Su filosofía es que todos tenemos algo que aportar o enseñar y algo que aprender o necesitar y su nombre es Banco del Tiempo.
Sus intereses son muy altos, y aquí la palabra interés proviene de la misma raíz que interesante, sus comisiones se reducen a la expresión: cero patatero. La comisión de apertura es directamente proporcional a la apertura de tu mente y aquí TAE significa: Tiempo de Aprender y Enseñar. En este banco no hay nada que perder y mucho que encontrar, mucho que intercambiar y así beneficiarnos como lo hacían nuestros antepasados. Si mi abuelo levantara la cabeza, diría: pero hijo si así es como lo hacíamos antes y yo no tendría más remedio que contestarle: ¡pero qué listos erais, jodíos!.
Antonio Villalón de Cabo
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