En el complejo camino que conduce al conocimiento de las personas vamos aprendiendo a identificar a aquellos semejantes con los cuales merece la pena compartir un trecho del camino de la vida. Lo de buscar compañeros de viaje nunca fue tarea fácil, pues corres el riesgo de que te conozcan tal cual eres, con tus posibles virtudes y con tus tangibles defectos. Aquellos que obtienen el merecimiento de la elección los llamamos: compañeros, amigos, colegas, parejas...son aquellos seres a los cuales elevamos a categoría de importantes, quienes te han disfrutado en las de cal y te han aguantado en las de arena. Son la criba de tu red social, seleccionados en base al binomio mitad instinto mitad convivencia que da como resultado una extraña química que alimenta el alma y acompaña al cuerpo. Si la selección fue buena y el instinto gozó de inspiración rara vez se rompe el embrujo de la química. Si somos fieles al tipo de personas que un día decidimos ser, acumulamos puntos extras hacia la autenticidad y estaremos más cerca de la conservación de este intangible que son nuestros seres queridos, nuestros indispensables. La fidelidad a un estilo de vivir y de pensar es lo que estabiliza nuestra identidad y es por ello por lo que no permitimos a nuestros cercanos grandes y bruscos cambios que modifiquen la esencia de la persona a la que un día elegí como acompañante y nutriente personal.
Me divierte la aleatoriedad sobre como conocemos a los sujetos, estando en un lugar, bien sea físico, bien virtual en la misma fracción de segundo y me sorprende como nuestras vidas pueden cambiar de manera notoria y sustantiva atendiendo a las leyes de la convergencia y de la caprichosidad del destino. Me divierte también la gente que huyendo encontró, los de la segunda oportunidad, los que dijeron: nunca más, los que buscan desesperadamente una simbiosis de soledades, los que ya saben de que va el juego de la vida y aquellos que siguen buscando las reglas de éste a golpe de torpezas, inseguridades y frustraciones.
Yo sigo prefiriendo a mis queridos imperfectos, aquellos que superaron el simbólico casting de la bonhomía, los que educan hijos, los que madrugan o trasnochan para ir al trabajo o para ir a buscarlo, los que no han perdido la capacidad de jugar, de sorprenderse, de reírse de sí mismos, de soñar despiertos, de crear y de creer que merece la pena este extraño y caprichoso trance del vivir. Y son estos selectos personajes los que nos ayudan cuando sufrimos, nos animan en la desesperanza, confían en nuestros potenciales aunque estos parezcan permanecer latentes, nos orientan con la confianza que les otorga estar situados en la atalaya de la prudente distancia desde la cual nos ofrecen pistas para solucionar los conflictos con la inmanencia de nuestro ser y así poder lograr una mayor calidad y calidez en el estar. ¡Yo con esta clase de seres voy donde haya que ir!.
No faltarán a nuestro alrededor personajes que intoxiquen la quintaesencia de nuestro ser, los que se miran en espejos ajenos buscando el reflejo de lo que no podrán ser, de aquellos para los cuales la paleta vital domina todas las variedades de grises, de aquellos que nunca fallaron porque jamás corrieron riesgos...por ello yo me quedo con los anteriores, los que un día me cogieron el corazón: mis amigos, mi universo de elementos imprescindibles. Por todo ello es por lo que yo me quedo con los valientes.
He parado nuevamente en medio del huracán a leer un poco en tu atalaya. Enhorabuena por la reflexión, convence y refuerza a los valientes e inquieta sin duda a los del espejo.
ResponderEliminarEl que vive cerca del río y del Calderón.
:)
Como decían los romanos y se encarga de recordarnos nuestro amigo Yorgos (hay que decir también que en los momentos menos apropiados): "la Fortuna favorece a los valientes"
ResponderEliminarun abrazo amigo
Guiller